martes, 29 de abril de 2008

Técnicas culinarias y mucho más con Dieter Taurer

La virtud de un docente radica en la química que alcanza con el alumno. Si un profesor es distante en su trato, o frío al momento de trabajar, su presencia es como una sombra. Una simple cifra que sirve para adornar nuestra currícula en esas maravillosas épocas estudiantiles. Cuando los años pasan y nuestro cerebro selecciona recuerdos trascendentes, quedan en la memoria sólo ciertos maestros, que por alguna razón, se volvieron entrañables. Entonces nos acordamos del que nos hacía reír; del que nos enseñó aspectos claves en nuestra formación; o del que nos exigió dar, a veces con dureza y mucha disciplina, ese “conchito” extra que a la larga nos permitió destacar. Estas tres características las posee el profesor Dieter Taurer, que en el IPG, además de ser sub director gastronómico, es docente del curso Técnicas Culinarias.


Dieter es un chef especializado en cocina internacional, sobre todo en la gastronomía francesa e italiana, pero que en el Perú, además de haber trabajado en restaurantes de renombre como el Astrid & Gastón o la Rosa Náutica, se ha dedicado al rescate y a la validez de la cocina peruana regional y prehistórica, relacionándola con el turismo. Pero como él mismo afirma, ha encontrado la satisfacción como docente. Es por ello que se dedica al máximo en cada una de sus clases, en ese curso tan importante y transversal de las técnicas culinarias.

En Técnicas Culinarias los alumnos aprenden lo básico de la cocina. Es el punto de partida para la próxima elaboración de los platos. Cortes, instrumentos, mezclas, innovación. Dieter dedica la mitad del tiempo a explicar, primero con la pizarra de aliada, y luego palpando insumos y herramientas, lo que los alumnos deben aprender. La otra mitad se la deja a ellos. Los observa trabajar, los corrige, les levanta el ánimo con intervenciones sumamente graciosas, y casi al instante, retoma esa postura seria que lo caracteriza y que los traslada al esfuerzo. En sólo una clase los alumnos del IPG han escuchado con atención, han trabajado directamente con lo suyo, que es la cocina, han reído con ganas y se han esforzado para no decepcionar al profesor que les dicta una materia a la que no quieren faltar nunca.


Parte importante de llevar un curso con un profesor como Dieter Taurer es que los alumnos se enfrentan a un hombre que los trata como en el futuro serán tratados en sus trabajos. Exige que estén bien vestidos, que el mandil luzca impecable. A los chicos no los deja entrar si es que no lucen bien afeitados y con el pelo corto, código de higiene en todo chef. Y a las chicas las obliga a que el sombrero les cubra hasta el más travieso de sus mechones. Puede ser duro en algunas apreciaciones, como serán sus jefes cuando se les pida velocidad en los platos, y hasta puede generar temor. Pero luego es paternal y vuelve la calma. Y bueno, en ese sentido, ojalá tengan un jefe como él.


Nadie sabe lo que deparará el futuro. Como le comentó a los alumnos en su visita al IPG Pedro Miguel Schiaffino, “muchos de ustedes serán cocineros, otros quedarán en el camino”. O como dice Dieter, “alguno quizás complementará en el extranjero lo que aprendió aquí”. Y conocerán a muchos docentes. Pero en la memoria de los chicos del IPG, cuando los años pasen, evoquen sus épocas estudiantiles y escojan a los profesores que más los influenciaron, se acordarán de Dieter. De sus consejos y su disciplina. De su pizarra y de cada técnica aprendida. Y ya con la añoranza de compañera, sólo quedarán las sonrisas.

viernes, 25 de abril de 2008

El IPG en concurso gastronómico por el Año Internacional de la Papa

Como parte de la celebración por “su” año internacional, se realizó el Primer Concurso Gastronómico de la Papa, organizado por la municipalidad de Miraflores y el Instituto Nacional de Innovación Agraria (INIA), en el que participaron nueve escuelas de cocina. Este concurso marcó el debut del IPG, que se enfrentó de igual a igual con reconocidas escuelas. La tónica del evento era la preparación de platos en base a papa, y el jurado se encargaría de señalar al ganador. Pese a tener como competidores a estudiantes en el último ciclo de su carrera, nuestros alumnos Adesh Osorio, Rodrigo Zambrano y Wilfredo Quijada, mostraron estar a la altura. Guiados y acompañados por Víctor Santa María, nuestro Jefe de Almacén, armaron un stand elegante y platos que el jurado no dudó en aprobar.

El verdadero propósito del evento era rendir un homenaje a nuestra papa nativa. Se mostraron en el stand principal una gran variedad de este maravilloso tubérculo. Algunas conocidas para la gente de Lima y otras inéditas y de distintas formas, como la papa de piña de Junín, impresionante. Además, se colocó en exposición la causa rellena de papa nativa más grande del mundo, y un aperitivo denominado “Papa Sour”. Ambos productos sirvieron de degustación hacia el público.

Participaron de la ceremonia como expositores el alcalde de Miraflores Manuel Masías, el jefe del INIA Juan Ricci, y el director de Apega y reconocido hombre de nuestra gastronomía Gastón Acurio. Precisamente este último, manifestó en su discurso que para él las papas nativas eran “unas joyas”. Que su valor es impresionante. “Estoy seguro que si las ofrecemos ahorita a Europa o Estados Unidos las compran sin dudarlo”, dijo convencido. Además, alentó la producción y la exportación de la papa nativa, con fines de beneficiar sobre todo al agricultor que las trabaja con ahínco y devoción cada día.

La papa se sigue homenajeando y nosotros formamos parte de ello. Fue una experiencia muy buena para el IPG. Nos mostramos por primera vez ante un jurado que estuvo compuesto por reconocidos personajes gastronómicos, como Adolfo Perret y Pedro Miguel Schiaffino, y pudimos notar que estamos en capacidad de competir de igual a igual con el resto de escuelas. Desde acá felicitar a nuestros tres alumnos, Rodrigo, Adesh y Wilfredo, que se pusieron la camiseta para representarnos. Alentarlos a que sigan en ese camino. Que lo están haciendo muy bien. Y que si siguen inyectando la pasión y el compromiso que mostraron mientras les daban referencias de sus platos al público y al jurado, a toda su carrera, llegarán lejos. Y en cuanto al resultado del concurso, sin que suene a dicho conformista, esta vez lo importante fue participar. Ya habrá tiempo de ganar.

miércoles, 23 de abril de 2008

Un chasqui en el siglo veintiuno

La papa es un producto mundial. Está en todos lados. Es difícil imaginar una gastronomía sin la papa frita por ejemplo, y países de primer mundo como Holanda, Alemania, Polonia o Rusia, no serían lo que son hoy sin la papa, que ayudó a soportar la hambruna en épocas difíciles. Pero el Perú tiene un plus. Es el país con mayor variedad de papas en el mundo, y la historia se ha encargado de contar que el nacimiento de este bondadoso tubérculo ocurrió en nuestras tierras. Por ello, la designación del “Año Internacional de la Papa” nos afecta directamente. Se vienen realizando distintas actividades y con el correr del calendario aparecerán muchas más. Una de ellas es la de Felipe Varela, el popular “Chasqui”. Él se ha propuesto recorrer a pie los siete mil kilómetros del Qhapac Ñan, antiguo camino Inca que fue un gran sistema vial, base de su organización económica, y que integra a miles de pueblos y comunidades ancestrales de seis países andinos, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina y Chile.

Felipe Varela recorre e investiga los caminos incas del Perú desde hace 15 años, como él dice, “realizando evaluaciones para el desarrollo del turismo rural-comunitario, y sobre todo, sensibilizando a las comunidades altoandinas acerca de la trascendencia de su patrimonio cultural y natural”. Para esta oportunidad se ha trazado cuatro objetivos: Reconocer a la papa como alimento integrador de los pueblos andinos; recoger información local sobre usos, técnicas de cultivo y almacenaje ancestral (andenerías, canales, colcas); recoger información sobre las variedades de papa existentes a lo largo de los 7 mil kilómetros, los diferentes pisos altitudinales que recorre este patrimonio cultural; y reubicar zonas de producción y sembrados de papa.
En palabras del Chasqui, su recorrido, además de dejar en alto el nombre de la papa y de paso, colaborar con el crecimiento de la gastronomía y el turismo en el Perú, tiene objetivos puntuales. Estos son: Transmitir oralmente experiencias e iniciativas de desarrollo comunitario; resaltar la pluriculturalidad de los pueblos andinos; posicionar al turismo comunitario como una alternativa económica para la generación de empleo; fomentar los deportes de montaña y cuidado de nuestra montaña a través de circuitos y rutas de trekking en los seis países; integrar a los pueblos andinos, con una visión de paz, equidad y complementariedad; y revalorar la tradición de los grandes caminantes andinos, los Chaskis, y de nuestros perpetuos arrieros.

El IPG forma parte de los auspiciadotes del “Chasqui”, y desde ya, le deseamos todos los éxitos en esta interesantísima faena, que se iniciará el primero de mayo en Pasto, Colombia, y que durará nueve meses, con escala final en Copiapó, Chile. En el camino, recorrerá Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina.
La papa, patrimonio alimenticio en el Perú, estará muy bien representada por Felipe Varela y su ahínco por recorrer siete mil kilómetros a pie. Aún existe gente que duda del origen de la papa. Chile, como en el pisco, también se quiere adjudicar de tamaño milagro. Qué más da, la papa seguirá existiendo y para nosotros, siempre será peruana. Como los chasquis, incansables caminantes que engrandecieron nuestra historia, y que con las fuerzas y el compromiso de Felipe Varela, el “Chasqui” del siglo veintiuno, tienen el mejor de los homenajes.

lunes, 21 de abril de 2008

¿Cocinero o Chef?

Artículo Editorial
A propósito de la semana contra el racismo, luego de leer sobre el tema y revisar la publicidad del Instituto Peruano de Gastronomía en un diario local, pude entender-no justificar- por qué la mayoría de las escuelas de cocina se publicitan ofreciendo a sus futuros egresados, un titulo de Chef. Es evidente que el término vende, sino no lo pondrían en letras grandes y a todo color, pero la pregunta es ¿A qué apelan estos anuncios?

Se ha generalizado una idea en el imaginario colectivo: ser Cocinero es menos prestigioso que ser un Chef. El Cocinero es descalificado por haber aprendido su oficio en un mercado o en un restaurante. Invalidado por ser un migrante que no tenía opción de hacer otra cosa para sobrevivir. No fue gente talentosa ni sensible, tampoco fueron los genios del fuego que crearon un plato como el chupe de camarones o un Juane amazónico.
Por eso no se dimensiona el hecho de que el antiguo peruano entendiera el mundo desde sus insumos y que construyera una civilización alrededor de la papa y el maíz. Que asentaron su carácter con los picantes de sus ajíes y conocieron de física, química, hidráulica, arquitectura y organización para domesticar sus productos en distintos pisos ecológicos. Sí, nuestra civilización fue un acto culinario.

Fueron cocineros los chinos coolíes, que en algún momento de nuestra historia crearon nuestro querido Lomo Saltado y los Chifas de todo el Perú. Fueron las manos de cocineras negras quienes prepararon los Anticuchos, los Chinchulies, la Pancita y la Chanfainita, las cocineras moras quienes probaron sus masas fritas hasta llegar a los Picarones y bautizaron a sus dulces de olla como mazas-moras. Así también fueron cocineros italianos quienes prepararon su ministroni que pasó a ser nuestro querido menestrón. Pero lástima, sólo fueron cocineros y cocineras.

Una innegable evidencia de nuestra baja autoestima, se da cuando nos negamos. Ni siquiera cuando la cocina peruana es uno de los mayores orgullos nacionales, somos justos con ella. A la anticuchera (cocinera) le pedimos su “secretito” y al Chef le preguntamos deslumbrados sobre su “técnica”. Nos sorprendemos cuando un sommelier descifra sabores y aromas transatlánticos dentro de una copa, pero no así, cuando una cocinera serrana, separa veinte variedades de papas en pocos minutos, para distintas preparaciones. Y el término serrano nos parece agresivo, pero no nos hubiese parecido si se decía cocinera costeña. La cocina criolla te cae mal si la comes de noche, por eso al turista es mejor llevarlo a comer carne a la parrilla (y ello de noche, no le caerá mal). No pagaríamos por una carapulcra, lo que pagamos sin protestar por una ensalada mediterránea, sabiendo incluso que es mucho más económica en su preparación. Hace unas semanas leí en una prestigiosa revista local, como su editor nos homenajeaba “…país del cebiche y del lomo saltado, del ají de gallina y del Alka-Seltzer… en un mundo babeante de carbohidratos, especias y grasas llamado, a la sazón, cocina peruana”. Hace poco en una entrevista a un Chef peruano, este decía que nuestra cocina es incipiente y carece de técnicas y que parte de su trabajo es darle un mejor nivel.

Negarnos la técnica es negar la intervención del ingenio de nuestra cultura y algo peor, es asumir que necesitamos importar técnicas para internacionalizar a nuestra cocina. Qué poco sabemos del proceso francés, del italiano, del chino o del español. Donde los apóstoles de sus afamadas cocinas se encontraban en el campo y que su paso a los grandes restaurantes, sólo se pudo dar cuando se reconocieron dentro de una gran cocina. Para recién a partir de ello ir a registrarla a los mercados, a las casas y recibir la unción de sus cocineras inmortalizadas en recetarios sagrados. Nuestra cocina es importante por los miles de cocineras y cocineros que ensayaron y erraron, que mezclaron y acertaron, pero no en dos décadas, sino en siglos.

Es por ello que, siguiendo esta forma tan particular de racismo llamado auto racismo, es que se prefiere ser Chef y no Cocinero. Y que los anuncios citados anteriormente apelen a nuestra capacidad de discriminar o de ser discriminados, prometiendo al término de la carrera, la consagración. Como si un cadete de la escuela militar se recibiera de general, o un estudiante de derecho, de fiscal de la nación.

Un cocinero debe amar su profesión por lo que ha significado en la historia del ser humano. Si “somos lo que comemos” los cocineros no sólo han plasmado nuestras comidas sino también a nosotros mismos. Además los cocineros, desde siempre, han delineado la red de nuestras relaciones sociales, nuestras tecnologías, las artes y las religiones.
No se puede llegar a ser jefe de una cocina (Chef) sino se ama ser cocinero, y no podemos ser cocineros de verdad, si es que no nos comprometemos con quienes nos entregaron este legado. Toda la cadena virtuosa que va desde el productor que cría sus insumos y los vende en las ferias y mercados, a los cocineros y cocineras anónimos que, a través de nuestras madres y abuelas culinarias nos marcaron para siempre. La cocina peruana necesita cocineros sin prisa, pero con memoria. Sólo así recién se entenderá que los cocineros podemos cambiar el Perú.


Andrés Ugaz
Cocinero, por supuesto.

viernes, 18 de abril de 2008

Un poco de arte, mucha sensibilidad

Sacar a flote la sensibilidad es algo que siempre suma. Hay carreras o vocaciones que no la requieren tanto, pero sin duda existen otras que la necesitan con urgencia. La cocina es una de ellas. Un cocinero sin sensibilidad, sin ese plus que permite interpretar sensaciones más allá de los ojos, no puede ser completo. En la elaboración de un plato por un cocinero se esconden historias, anécdotas. Brotan costumbres y la educación de casa. Y también hay arte, cualidad innata que va de la mano de la sensibilidad.


El día de ayer los alumnos del IPG fueron a visitar la exposición fotográfica de Marina García Burgos y Ricardo Ramón Jarne, en la Galería Enlace Arte Contemporáneo. La obra, denominada “Si no existe el más allá, la injusticia del pobre se prolonga eternamente”, retrata a una familia del ande peruano con la vestimenta que usan a diario, pero los coloca en ambientes ajenos a su idiosincrasia, como un restaurante de lujo, un gimnasio, un bar, un cine, una plaza de teatro. La primera intención que se deduce es una crítica a nuestra sociedad, adornada, incluso en estos tiempos, incluso en este milenio, por el racismo y la marginación. La segunda (y las que siguen) coloca la interpretación en cada uno.

La virtud de una exposición artística está en ese tipo de interpretaciones. Las que se esconden entre lo mostrado. Las que no se ven con ojos sencillos. Como los platos de comida. Es imposible que un comensal de poca sensibilidad, por más dinero que tenga, y por más lujoso que sea el restaurante que visita, distinga todo lo que se encuentra en la elaboración del plato que le sirven. Se lo terminará devorando sin que le importe el por qué de la colocación de un insumo dentro de su carne; o la razón de otro como decoro de su pasta. Un cocinero no. Un cocinero reconoce el talento de su colega. Sabe exactamente qué contiene su plato. Y si no encuentra una razón a algún ingrediente, le da crédito al que lo prepara. Y eso le da la potestad de criticar. Porque lo hace con conocimiento de causa.

Cada uno recibe una obra de arte (en este caso una exposición fotográfica) según sus propias vivencias. Y las inyecta a su quehacer diario. Ayer los alumnos del IPG se marcharon a sus hogares hallando la conclusión de por qué esta muestra tiene relación con su pasión, que es la cocina. Teniendo en cuenta el rubro en el que se piensan especializar en el IPG, que es la cocina peruana, alguno habrá deducido que sus platos en el futuro no serán exclusivos, que no marginarán a nadie. Otro habrá decidido hacer platos que integren los sabores del ande con el lujo que prima en la sociedad consumista. Y otro, por qué no, habrá soñado con un restaurante de cinco tenedores, como el que se nos muestra en alguna fotografía.

De la muestra fotográfica podemos decir que está muy bien trabajada. Que es una idea magnífica. Y que han encontrado protagonistas exactos. Todos reflejan en sus miradas el ande que llevan dentro. Y esa desesperanza, ese “no ser” en un país que tiene kilómetros y kilómetros de sierra. Los “jefes” de familia tienen resignación en la mirada. El paso del tiempo es incuestionable. Y con él, lo duro de su realidad. Rostros cansados, acongojados. Fuera de sí totalmente en escenarios como el restaurante de lujo, el bar o el gimnasio. Brota su incomodidad. Ellos no sueñan con esos lugares. Por eso quizás aparece en algún momento una frase que dice: “Cuando aumenta el privilegio, también aumenta la responsabilidad”. Los rostros de esos dos personajes reflejan también, conformismo. Los muchachos mayores tienen un brillo distinto en los ojos. Aún hay capacidad de lucha. Aún hay ganas (tal vez de emigrar). Y las pequeñas tienen esa dulce inocencia de la niñez que permite una sonrisa y las ganas de jugar aún en la precariedad (casi sonríen en algunas fotos), aún en el más incierto futuro de sus paisajes, llenos de vacas y terrenos agrícolas que no les rinden lo que deberían rendir, por la más pura desigualdad con la que está hecho nuestro país.

Todas las fotos mostradas son interesantes. Todas cumplen su cometido. Rescato una en la que aparecen en una galería de Andy Warhol, llena de colores. Ahí son parte del paisaje. Sus colores se mezclan con los del ambiente. Y es que el arte, en cualquiera de sus facetas, no sabe de exclusión. Y la comida, para nosotros en el IPG, tampoco.

miércoles, 16 de abril de 2008

Los alumnos en acción

Queremos plasmar en esta publicación cómo es el día a día de nuestros alumnos en algunos cursos. Hemos elegido retratarlos en una de sus asignaturas teóricas favoritas, que es el curso de Comunicación, con los profesores Nicolás Lúcar y Manuel Erausquín. Y al mismo tiempo hemos decidido captarlos en acción, saboreando las bondades de su carrera, cocinando en el curso de Cocina Peruana con la profesora Conie Sotero, y la importante colaboración de nuestro Jefe de Almacén Víctor Santa María.



Nicolás y Manuel en su curso Comunicación, donde los alumnos reconocen la relación entre la cocina y la creatividad, reflejada en el lenguaje en todas sus facetas.

La mesa circular permite un ambiente más íntimo, y la posibilidad de los docentes de observar a todos los alumnos.
Adesh Osorio participando y Manuel Erausquin dispuesto al diálogo.



Jiancarlo Arcasi y Angie Franco realizando sutiles cortes en el curso Cocina Peruana de la profesora Coniee Sotero.

Eduardo Espichán trabajando con el cuchillo.

Cristina Polo feliz acomodando insumos




En un rato de relajo, Víctor Santa María posa con Katy Marroquín, demostrando el buen ambiente que se vive en el IPG.


Conociendo a nuestros alumnos

Nuestros alumnos son la razón de ser del IPG. Todas nuestras energías están depositadas con miras a brindarles una educación buena en cocina, y un espacio en el que se sientan como en casa. El pasado 24 de marzo se inauguraron las clases, y cuatro semanas después, ya se viene formando la que será la primera promoción del IPG. La malla curricular ha ayudado a que los alumnos se empapen con cursos para todos los gustos. Están las clases teóricas, indispensables para el desarrollo de todo cocinero actualmente; las clases técnicas, donde los alumnos han podido elaborar sus primeros platos; y cursos que jamás pensaron hallar en la currícula, como el de Comunicación. Recién se inicia el camino, pero hasta el momento, todo es positivo.

El propósito de todas nuestras publicaciones virtuales es la retroalimentación con los alumnos. Que ellos noten que son los verdaderos protagonistas. Las líneas que siguen recogen algunos testimonios de nuestros primeros alumnos. Aquellos que abrieron con nosotros un camino que esperamos sea provechoso, tanto para ellos como futuros profesionales en cocina, como para nosotros como institución.


Felipe Carracedo (izquierda) fue uno de los primeros alumnos en llegar. Cuando no está en las clases se lo puede ver por los pasillos del instituto escuchando música con su Ipod. Está muy a gusto, y rescata el trato cordial que hay con todos, “incluso con el director”, afirma. Otro de los pioneros es Adesh Osorio (derecha), quien no duda en decir “me gusta mucho la enseñanza en el instituto, y el ambiente que se vive es muy bueno”.

Rodrigo Zambrano forma parte también del primer grupo de alumnos del IPG, y dice que las clases están bastante bien. “Curar ollas en el curso Cocina Peruana me pareció increíble”, dice. Sin restarle méritos a cursos como Antropología o Comunicación, del que señaló es “una de mis asignaturas favoritas”. Rodrigo comenta que decidió estudiar cocina por que vio en la elaboración de platos una magnífica oportunidad para plasmar su creatividad. “Aunque a veces es demasiada y malogro mis proyectos”. Rodrigo ya sabe que en el IPG le darán las pautas necesarias para que su creatividad no lo desborde, y para que sus proyectos culinarios sean productos, realidades.

A veces la carrera que uno elige es muy difícil de alcanzar. Entonces aparecen otras alternativas que tienen que suplir los estímulos de la elegida al inicio. Es el caso de Johan Waldir Bravo, que quería ser futbolista. En su familia todos son deportistas, y le inculcaron desde niño que el fútbol era lo mejor. Las oportunidades no llegaron y apareció la cocina casi como un “salvavidas”. “Veía a mi madre cocinar y me llamaba la atención, por eso decidí aprender a cocinar, ya que haciéndolo, puedo expresar mi arte”. A Johan le ha agradado mucho el ambiente de estudios del IPG. “Los profesores se comunican con los alumnos como si fueran sus amigos”. Como en el fútbol, en la cocina también es importante una buena relación con el “entrenador”.

Jhon Ramírez es un amante de la cocina peruana. Afirma que pesó en su decisión de escoger el IPG el hecho de que nos enfoquemos en la cocina del Perú. Ahora espera dar lo mejor “para así ser un gran cocinero y trascender con la comida peruana en todo el mundo”. Jhon comenta que cocinar es una de las actividades que más disfruta en la vida. “cuando estoy en la cocina parece que estuviera en el cielo”, dice sin exagerar. Le han gustado todas las clases. Obviamente disfruta más las prácticas, afirma que “fue lo mejor cuando hicimos las pastas de ají con la profesora Connie Sotero”, pero disfruta hasta las clases teóricas. “Con el profesor Tafur, por ejemplo, todos los días aprendemos algo nuevo”.

A Sofía Sánchez le encanta el curso de Técnicas Culinarias con el profesor Dieter Taurer. Dice que se siente cómoda en la cocina y que además, se leva muy bien con Víctor, el jefe de almacén del IPG, que colabora en ese curso. En cuanto al futuro, a primera impresión se ve fuera del Perú. “Quiero terminar la carrera para luego irme a Holanda, donde mi tío tiene un restaurante, y mi meta es trabajar ahí”. Sabemos que si continúa con el empeño mostrado, podrá conquistar los paladares holandeses con la sazón de nuestra culinaria.

Algunos alumnos han manifestado que su gusto por la cocina les viene inculcado por algunos parientes. Es el caso de Kary Marroquín, quien comenta que “todo empezó cuando ayudaba en cosas sencillas a mi mamá, por ejemplo, pelar alverjas o lavando lo que me decía”. Poco a poco fue prestándole más atención a las recetas y a los once años ya cocinaba sus primeros platos. “Hacía platos fáciles, como cau cau o estofado”. Kary cuenta que cuando estaba por cumplir 15 años pudo ingresar a un conocido restaurante a “practicar” durante sus vacaciones. “En ese corto tiempo conviví con muy buenos chef y vi cómo era el mundo de la cocina realmente. Ahí mi interés por la gastronomía creció mucho”. Esperamos que el IPG le sirva para confirmar su vocación, y que en el futuro la gente que “practique” con ella, también la quiera imitar.